lunes, 15 de septiembre de 2014

¿Y si los guaraníes inventaron el fútbol?

El mundo, tal vez, ha vivido equivocado. Ha creído –cree firmemente– que el fútbol se inventó el día de 1863 que en Inglaterra se estableció un reglamento para ese deporte que miramos por televisión todos los domingos y que jugamos cada vez que es posible. Que amamos siempre y que odiamos cuando el árbitro nos niega un penal evidente. De hecho, para que el fútbol se llame así, “fútbol”, hay que concederle a los británicos el milagro de la creación: “football” es la suma de “pie” y “pelota” en inglés. 

Pero verás que todo es mentira dice el tango, hay quienes dicen que el fútbol empezó mucho antes y en Paraguay: los guaraníes –pueblo originario que también habitó parte del territorio de lo que hoy es Argentina, Bolivia, Brasil y Uruguay– ya jugaban a la pelota con el pie. Los jesuitas, enviados del “Occidente civilizado” para evangelizar a quienes ya vivían en América cuando llegaron a principios del siglo XVII, se ocuparon de documentarlo.

“Los guaraníes inventaron el fútbol”, se la juega la Secretaría de Cultura paraguaya: así se llama el corto audiovisual que lanzó el organismo para contar su verdad. Este partido, en realidad, empezó en 2010 cuando L’Osservatore Romano –el diario oficial del Vaticano– publicó un reporte hecho por los jesuitas de aquella época en el que se describía su juego: sobre una bolita de arena húmeda se iban encimando capas de la pulpa del árbol Mangaisí, parecido al caucho. Y para darle diámetro, con una bombilla de bambú -son guaraníes, saben de bombillas- soplaban y la pelota se inflaba.

No había arcos por aquellos años antes-de-los-ingleses: los guaraníes salían de misa los domingos, con el pantalón negro y la camisa blanca que había que vestir en las misiones jesuíticas, y entonces se pasaban la pelota con el pie, trataban de controlarla, cada tanto algún puntinazo. Había dos objetivos: que la pelota –que rebotaba bastante– no se cayera, pero sobre todo, como en la vida misma, cansar al rival.

Ganaba el que no se agotaba, y dicen crónicas de años como 1751 y 1777, los enfrentamientos podían durar hasta la caída del sol. Había público y, según algunas descripciones, hasta corrían apuestas.
En las “cartas anuas” –los informes que los jesuitas mandaban desde Sudamérica a Roma cada año– hablaban de la habilidad de los guaraníes para jugar a la pelota: “ mangai ” le llamaban a ese entretenimiento, según el primer diccionario de la lengua guaraní, publicado en 1639. El nombre se había caído del árbol parecido al caucho.

“Creemos que los ingleses pudieron haber sacado la idea para crear el fútbol después de ver a los guaraníes que fueron llevados a España por los jesuitas, y que pudieron haber demostrado el juego ante la realeza, con la presencia de algún inglés que estaba de visita”: todo ese entusiasmo reivindicador es de Máximo Génez, concejal de la comunidad guaraní San Ignacio Guazú, de Paraguay. A muchos allí, cuenta Máximo, les gustaría que su ciudad sea reconocida como “la cuna del fútbol”.

Los guaraníes no fueron los únicos latinoamericanos en jugar con una pelota: en lo que hoy es México, Guatemala y El Salvador, había que embocarla en un aro y se le pegaba con las rodillas, los codos y la cadera. En esas enormes canchas que todavía quedan en Chichen Itzá, por ejemplo, se jugaba a veces no sólo hasta el cansancio sino hasta el sacrificio de varias vidas.

En 1771, el jesuita José Cardiel publicó el libro Las Misiones del Paraguay: allí habló del juego “ manga ñembosarái ”, algo así como el nombre científico del “ mangai ”. Algo así como decirle “ orsai ” al off-side . Vayan sacando los pasajes a Rusia: en 2018 hay Mundial de Mangai.

Publicada por Revista Ñ.

lunes, 25 de agosto de 2014

La ironía en las trincheras de la Primera Guerra Mundial





"¿Es usted una víctima del optimismo? ¿No lo sabe?
Pregúntese lo siguiente:
  1. ¿Sufre de jovialidad?
  2. ¿Se levanta por la mañana pensando que le está yendo bien a los Aliados?
  3. ¿A veces cree que la guerra terminará en los próximos 12 meses?
  4. ¿Cree más en las noticias buenas que en las malas?
  5. ¿Considera que nuestros líderes son competentes para ganar la guerra?
Si contestó 'Sí' a alguna de las preguntas, está en las garras de la terrible enfermedad. Podemos curarlo. Dos días en nuestro establecimiento y borraremos todo rastro de su sistema"

Este "aviso publicitario" del tratamiento contra el optimismo fue publicado por el diario The Wipers Times en plena Primera Guerra Mundial. 

El periódico fue uno de varios publicados por los soldados británicos, franceses, canadienses y australianos entre 1914 y 1918 en el frente de batalla. Se los conoce como "periódicos de trincheras" y los producían como podían: algunos escritos a mano, otros mecanografiados y -los más afortunados- impresos en máquinas de imprenta halladas en ciudades bombardeadas.

Para algunos estudiosos del fenómeno, como Jeffrey Reznik, fueron parte del esfuerzo propagandístico propio de una guerra que necesitaba reclutas. Otros, como la investigadora Stephane Audoin-Rouzeau, piensan que fue una reacción a la información tergiversada publicada en los medios de comunicación tradicionales.

Para el escritor británico Ian Hislop, fueron "literalmente una forma de reírse de la muerte".
Y la muerte era una moneda cotidiana, incluso para estos soldados devenidos en periodistas: el diario de trinchera francés L'Echo de Tranchées-ville dejó de publicarse al año de su primera aparición pues seis miembros de su cuerpo editorial murieron o fueron heridos en combate.

Censura en el frente

Además de avisos irónicos, como el que alerta sobre el optimismo, los diarios de trincheras contenían historias de ficción, poemas escritos en el frente, informes deportivos, editoriales y una columna generalmente denominada "Cosas que queremos saber", dedicada a los rumores y las especulaciones propios de una guerra en la que la censura mantenía a los soldados en una casi total ignorancia de lo que ocurriría con ellos.

Por ejemplo, en una de sus ediciones, el periódico The Trotter's Journal del regimiento británico Loyal North Lancashire ofreció como recompensa "un mes de paga a quien pueda dar información confiable (no 'oficial') sobre el próximo movimiento del batallón". 

Pero la censura no afectaba sólo a los soldados sino también a los periodistas: durante el primer año del conflicto bélico, ningún corresponsal fue acreditado para cubrir la guerra y si alguno era encontrado rondado por el frente era arrestado, su pasaporte confiscado y luego deportado.

El ministro de Economía de la época, Lloyd George, le explicó al editor del tradicional diario británico Manchester Guardian, C.P. Scott, la razón: "Si la gente supiera lo que pasa realmente en la guerra, ésta se suspendería inmediatamente, pero -por supuesto- no sabe y no puede saber". 

Sin embargo, cuando los editores de los diarios británicos señalaron de que la falta de cobertura desde el frente conspiraba contra el proceso de reclutamiento, un grupo de corresponsales fue acreditado por el ejército.

Acompañados constantemente por los censores oficiales, la misión de estos periodistas -según el investigador Phillip Knightley- era "proveer coloridas historias de heroísmo" para asegurar el suministro de reclutas voluntarios y "cubrir cualquier error que pudiera cometer el alto mando".

La falta de glamour

Las heroicas crónicas salidas de la pluma de los periodistas y enviadas por teléfrafo a Londres y París no fueron bien recibidas por los soldados en el frente, angustiados por las pobres condiciones de vida en las trincheras que distaban mucho del glamour de la guerra que los corresponsales describían.

En marzo de 1917, el diario Le Bochofage -publicado por tropas francesas- describía el horror de vivir en trincheras constantemente inundadas por las lluvias: "Los hombres mueren por el lodo, tanto como por las balas, pero más horriblemente. En el lodo, los hombres se hunden, pero -lo que es peor- sus almas se hunden. ¿Dónde están esos periodistas gacetilleros que escriben artículos tan heroicos cuando el lodo es tan profundo?". 

Cuando las batallas estallaban en el frente, la brecha entre los relatos de los corresponsales y los sufrimientos de los soldados se profundizaba. William Beach Thomas, periodista del diario británico Daily Mirror, escribió varias crónicas de la ofensiva aliada en The Somme, en 1916.
Tras leer una de ellas, un oficial le escribió una carta a su familia indicando que el periodista "había recurrido mucho a su imaginación, pues la mitad de lo que escribe no es verdad, sino lo que él cree que debería ser verdad".

The Wipers Times, en varios de sus números, decidió parodiar a William Beach Thomas creando un alter ego llamado Mr. Teech Bomas, que se presenta diciendo: "Escribo desde la mitad del campo de batalla, hay muchas balas pero no me importa, el aire está plagado de proyectiles, pero eso tampoco me importa".

Los horrores de la paz

A pesar del rechazo que les producían las coberturas periodísticas, los autores de los diarios de trincheras expresaban una felicidad casi infantil cada vez que un diario londinense o parisino los mencionaba o reproducía alguno de sus artículos.

Para Audoin-Rouzeau, la razón de este entusiasmo radica en que el rencor hacia los medios tradicionales por parte de los soldados no es otra cosa que "amor despechado", pero otro experto en diarios de trincheras, Graham Seal, opina que había algo más en juego.

Para Seal, los soldados hacían sus periódicos para sus camaradas de armas, pero existía un segundo público -en la retaguardia y en las ciudades- al que iban dirigidas estas publicaciones: los políticos, los altos mandos militares, los medios de comunicación tradicionales y los familiares que se habían quedado en casa.

En su desesperación por llamar la atención de aquellos que no estaban en el frente, los editores de los diarios de trincheras creían que cuando los mencionaban en los diarios de circulación masiva, "quizás alguien estaba escuchando, quizás alguien iba a hacer algo para detener, o al menos aliviar, esa locura".

Pero la "locura" de la Primera Guerra Mundial se extendió por cuatro años. Cuando terminó, los periodistas acreditados con el ejército británico fueron hechos "caballeros" de la Corona mientras que los editores de los diarios de trinchera regresaron en silencio del frente a una paz a la que muchos no pudieron acomodarse.

En una de sus últimas columnas, llamada precisamente "Los Horrores de la Paz", The Whipers Times concluye sus cuatro años de publicacion y sus 23 números con un cierre propio de su flema británica e ironía a prueba de balas. 

"Hemos visto de cerca los horrores de la guerra y ahora nos enfrentamos a otra clase de horror ¡Qué vida! ¿Alguien sabe de alguna linda guerra en la que podamos conseguir trabajo y evitar que el poco pelo que nos queda se vuelva cano antes de tiempo?".

Publicada por BBC Mundo.

sábado, 2 de agosto de 2014

Los objetos cotidianos más antiguos

Los calcetines más antiguos (400 d.C.)
Esta receta sumeria para hacer cerveza data del 3000 a.C. Se trataba de un tipo de cerveza muy fuerte que podía contener trozos de pan flotando en ella.

Esta prótesis de un dedo del pie hecha de cuero y madera fue encontrado en una momia femenina en Egipto y data del año 950 a.C.
El sujetador más antiguo hallado hasta la fecha data del 1390 a.C. y fue encontrado durante la restauración del castillo de Lengberg (Austria).
Esta flauta de hueso de buitre fue descubierta en Alemania y tiene 35.000 años.
El zapato más antiguo, fabricado de cuero y de una solo pieza, tiene 5.500 años y fue encontrado en Armenia.


'Senet', un juego de mesa egipcio que data del año 3.100 a.C.

La estatua 'Hombre Leon' fue encontrado en Alemania y tiene una antigüedad de más de 40.000 años

Publicada por Actualidad RT.

jueves, 17 de julio de 2014

Los escalofriantes túneles secretos de la Primera Guerra Mundial



A un siglo del comienzo del primer conflicto bélico que abarcó a la mayor parte del mundo y que llevó el poder de muerte a una escala nunca antes vista, su recuerdo sigue intacto.

Entre otras novedades, la Gran Guerra de 1914-1918 trajo los bombardeos sobre poblaciones civiles como práctica sistemática. Frente a esa amenaza incesante, en muchos casos, la única alternativa era esconderse bajo tierra.

El fotógrafo Jeff Gusky, de National Geographic, recorrió algunos túneles utilizados en Francia durante los años del conflicto. A pesar del paso del tiempo, permanecen inmaculados y conservan el testimonio de los miles de soldados que pasaron por ellos.

"La entrada es un agujero húmedo en la tierra apenas más grande que una madriguera, oculto por una maleza espinosa, en un recóndito bosque del nordeste de Francia. Juntos nos adentramos en la oscuridad", relató Evan Hadingham, escritor de la revista, que acompañó al fotógrafo en la experiencia.


"Después de algunos cientos de metros, el túnel termina en un pequeño cubículo tallado sobre la piedra, que recuerda a una cabina telefónica", agregó.

Entre las cosas que se pueden ver talladas se destacan los mensajes de la 26° división Yankee, perteneciente al Ejército de los Estados Unidos, que estuvo allí durante seis semanas en 1918. Entre nombres, fechas, símbolos religiosos y patrióticos, y demás imágenes, se pueden identificar más de 500 grabados que aún permanecen allí.

Metros más allá hay instalaciones que muestran cómo era la vida de los soldados durante su estadía. Por ejemplo, hay bancos y mesas, y sobre ellos, objetos que pertenecieron a los combatientes, como botellas y cantimploras.


En total, se trata de un complejo de unas 40 hectáreas, compuesto por cientos de pequeños pasadizos que se conectan con infinidad de salas de distinto tamaño. En ellas puede encontrarse desde camas hasta equipamiento militar, como cascos, botas y cinturones.

Pocas cosas sobresalen tanto como la capilla subterránea, que incluye la figura de un soldado francés rezando. La identidad del artista que la talló permanece desconocida.

Las condiciones de vida en los túneles estaban lejos de ser las mejores. La humedad hacía que muchos sufrieran enfermedades pulmonares, y las ratas, los piojos y las pulgas abundaban en ese ambiente hacinado.


Pero cualquiera de esas eran pequeñas amenazas frente al riesgo que suponía que los enemigos descubrieran la existencia de ese mundo bajo tierra y pusieran bombas para enterrar vivos a todos sus ocupantes.

Publicada por Infobae.

lunes, 14 de julio de 2014

Arqueólogos peruanos hallan extraño atuendo felino en una tumba de hace 1.500 años




Arqueólogos peruanos hallaron en una tumba, que podría tener más de 1.500 años, unas garras que probablemente formaban parte del vestuario de una persona de élite de la cultura moche que vestía de felino para participar en combates.

La tumba, descubierta esta semana cerca del complejo arqueológico la Huaca de la Luna (norte de Perú), fue de un personaje de élite de la cultura moche, que floreció entre el 200 y el 700 d. C., señalaron los arqueólogos. 

Además de los huesos de un hombre de aproximadamente 30 años de edad, los expertos hallaron, entre otros objetos, un cetro, vasijas de cerámica, colmillos de felino y garras de ave forradas en metal. 

Los arqueólogos tratan ahora de averiguar para qué se empleaban estos objetos. Algunos de ellos sugieren que las garras formaban parte de un atuendo hecho con piel animal que se usaba en combates rituales. Asimismo, señalan que mientras el perdedor probablemente era sacrificado, el vencedor obtenía como distinción estos objetos, indica un artículo del diario 'El Comercio'.

Los huesos y los objetos serán estudiados y en seis meses se conocerán más detalles sobre unas piezas que podrían tener más de 1.500 años de antigüedad. 

La cultura moche o mochica era una sociedad avanzada para su tiempo con amplios conocimientos en pesca, ingeniería y arquitectura. Los hallazgos arqueológicos de la cultura moche han confirmado una y otra vez que esta sociedad practicaba sacrificios humanos en rituales religiosos.
 
Publicado por RT Actualidad.